La relación entre el precio de la electricidad y las olas de calor: Cómo el calentamiento global está poniendo a prueba el sistema eléctrico europeo.

La relación entre el precio de la electricidad y las olas de calor: Cómo el calentamiento global está poniendo a prueba el sistema eléctrico europeo.

Introducción

Ahora que hemos dejado atrás la primera semana de julio, parece que las temperaturas vuelven a situarse en niveles más habituales para la época. Es decir, elevadas pero no extremas. Todo apunta a que, al menos durante la semana en la que nos encontramos, podremos dejar atrás, por ahora, los días con máximas por encima de los 45 °C y noches tórridas con mínimas superiores a los 27 °C.

Lamentablemente, sin embargo, este verano de 2025 está volviendo a poner en evidencia una realidad climática cada vez más difícil de ignorar. A pesar de ello, hay quienes, de manera demagógica, intentan mantener discursos negacionistas y alimentan la idea de que estas situaciones ya se producían hace treinta o cuarenta años, con el único objetivo de defender intereses económicos o sacar rédito político. La realidad, sin embargo, por mucho que se quiera tergiversar, es tozuda. Los datos hablan por sí solos. Las temperaturas registradas durante las últimas semanas han estado, en algunos momentos, entre 4 y 6 grados por encima de la media histórica de los últimos cien años para estas mismas fechas.

Entre otras consecuencias, esta primera ola de calor oficial de este verano de 2025 ha puesto bajo una enorme presión a los sistemas eléctricos de toda Europa. En un informe publicado estos días por EMBER, un think tank independiente y sin ánimo de lucro especializado en el análisis del sector energético, se pone de manifiesto que la ola de calor que ha afectado a gran parte del continente entre finales de junio y principios de julio ha provocado un incremento notable de la demanda eléctrica en todos los países europeos, tanto en el norte como en el sur del continente. Este aumento repentino de la demanda ha tenido diversas consecuencias. Entre ellas, el informe destaca que los precios de la electricidad se han encarecido hasta niveles muy superiores a los habituales, como resultado del aumento de la demanda provocado, entre otros factores, por el uso masivo de aire acondicionado y sistemas de refrigeración en hogares, comercios e industrias. Pero también, y esto es clave, por la disminución del rendimiento y de la capacidad de producción de las centrales nucleares, las de cogeneración y las de ciclos combinados, afectadas directamente por este incremento de temperaturas.

El reto de las centrales nucleares y térmicas para garantizar la generación de energía eléctrica en el escenario actual de calentamiento climático.

Cuando se habla de cambio climático y del aumento sostenido de las temperaturas globales, a menudo el debate público se centra en las consecuencias medioambientales o en la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, existe un aspecto fundamental del que raramente se habla y que resulta cada vez más relevante: el calentamiento global y las temperaturas extremas afectan de forma muy negativa la capacidad de producción de energía eléctrica de las centrales nucleares, de cogeneración y de ciclo combinado, que en el escenario actual continúan siendo uno de los pilares esenciales de los sistemas de generación que utilizamos.

La electricidad no es una fuente primaria de energía, sino el resultado de un proceso de transformación a partir de otras formas de energía, ya sea luz solar, viento, agua, hidrocarburos o uranio. Y en este proceso de transformación, inevitablemente, la cantidad de energía eléctrica que obtendremos será siempre inferior a la cantidad inicial de energía primaria disponible. Esto es un hecho que no podemos evitar, independientemente de las mejoras tecnológicas que tengamos ahora o en el futuro. El rendimiento máximo que se puede alcanzar en la generación de electricidad siempre será inferior al 100% debido a lo que establecen las leyes de la termodinámica.

Y a efectos prácticos, ¿qué significa esto en una central nuclear o térmica? Para entenderlo, es importante saber que este tipo de centrales está formado, a grandes rasgos, por dos circuitos diferenciados. El circuito primario, que es un circuito cerrado donde, mediante la combustión de gas o la reacción de fisión nuclear, se produce vapor a alta temperatura y presión. Este vapor es el que hace girar una turbina, que está conectada a un generador eléctrico encargado de transformar la energía mecánica en electricidad. Por otro lado, existe el circuito secundario, cuya función es enfriar el vapor del circuito primario una vez que este ha cedido su energía, mediante grandes intercambiadores de calor, lo que permite que el ciclo del circuito primario pueda volver a empezar. Esta refrigeración se realiza habitualmente utilizando agua captada del exterior (río, lago o mar) y aire ambiental, y aquí la temperatura a la que se capta esta agua y este aire es un factor clave.

Torre de refrigeración de una central eléctrica.

¿Por qué es tan importante la temperatura exterior en una central de este tipo? Porque el rendimiento de la central depende directamente de la diferencia de temperatura entre el vapor del circuito primario y el foco frío, que es el agua o el aire utilizados para refrigerar el sistema en el circuito secundario. Si este foco frío, como puede ser el agua captada de un río o el aire atmosférico, se encuentra a una temperatura más elevada de lo habitual por razones climáticas, como sucede durante una ola de calor, entonces disminuye el rendimiento de la central para generar electricidad, porque se reduce la capacidad de refrigeración del vapor del circuito primario por parte del agua y el aire del circuito secundario. Y el elemento clave para llevar a cabo este proceso de refrigeración en las centrales nucleares y térmicas son las grandes torres de refrigeración de las que disponen. En estas centrales, el agua que se utiliza en el circuito secundario para enfriar el vapor del circuito primario se hace circular por la torre de refrigeración. Una vez que el agua del circuito de refrigeración ha absorbido el calor del vapor del circuito primario, es conducida hacia la torre de refrigeración, donde se enfría haciéndola entrar en contacto con el aire exterior, haciéndola caer en forma de gotas de lluvia por el interior de la torre. Durante la caída por el interior de la torre de refrigeración, una pequeña parte de esta agua, habitualmente entre un 1% y un 3%, se evapora durante su descenso. Es aquí, en este proceso de evaporación, donde está la clave. Y esto se debe al hecho de que en este proceso de evaporación se libera mucha energía debido a lo que se llama calor latente de cambio de fase, lo que provoca el enfriamiento del resto del agua que no se evapora. Esta agua, una vez llega a la base de la torre, es recogida y reutilizada de nuevo en el circuito secundario. Solo la fracción evaporada debe compensarse captando nueva agua del medio natural.

Ahora bien, en momentos de olas de calor, la refrigeración en estas torres supone un desafío importante para el funcionamiento de las centrales, ya que el proceso de enfriamiento del agua se ve afectado por dos factores. El primer factor es que, dado que tanto la temperatura del aire como la del agua captada de los ríos son más altas de lo habitual, esto reduce la capacidad de refrigeración y provoca una disminución de la eficiencia de la central, ya que la planta puede generar menos electricidad por cada unidad de energía térmica consumida. El segundo factor que también influye en el rendimiento de la central no es físico, sino legal. Hay que tener en cuenta que la temperatura máxima a la que la central puede devolver el agua al río, lago o mar está regulada por ley. Cada país establece sus propios límites legales, ya sea en forma de temperatura máxima absoluta o de gradiente térmico entre la temperatura de captación y la de retorno. Por ello, cuando el agua captada de los ríos ya se encuentra a temperaturas próximas o superiores a este límite legal, como puede suceder durante las olas de calor, la central se ve obligada a reducir su capacidad de producción o incluso a detenerse completamente para cumplir con la normativa ambiental.

Así pues, aquí tenemos una consecuencia directa del cambio climático y del calentamiento global de la que a menudo no se habla y que afecta a todas las tecnologías de generación de electricidad. Las altas temperaturas no solo incrementan la demanda eléctrica, sino que también afectan negativamente la capacidad de producir electricidad, lo que provoca un aumento de los costes de producción precisamente en los momentos en que la demanda es más elevada.

El impacto de la ola de calor en los precios de la electricidad en España, Francia y Alemania

Frente a este escenario, resulta interesante entender cómo la ola de calor ha afectado al sistema eléctrico de países como España, Francia y Alemania, y cómo estas circunstancias han impactado directamente en los precios de la electricidad que todos pagamos.

Y es que lo que se ha constatado estas últimas semanas es que esta primera ola de calor del verano ha tenido un efecto directo y contundente tanto sobre el consumo eléctrico como sobre el precio de la electricidad. Cuando en los últimos días las temperaturas han superado los 35, 40 o incluso 45 grados en muchas zonas de Alemania, Francia y España, el consumo de electricidad se ha disparado, principalmente por la utilización masiva de aparatos de aire acondicionado y sistemas de refrigeración tanto en hogares como en comercios e industrias. Según el informe de EMBER, esta ola de calor provocó un incremento medio de la demanda eléctrica de hasta un 14% en España, un 9% en Francia y un 6% en Alemania en comparación con la semana anterior, cifras muy superiores a lo que sería habitual para estas fechas.

Los datos registrados estos últimos días han mostrado que este aumento repentino de la demanda ha tenido un impacto inmediato sobre los precios del mercado eléctrico mayorista. Y lo que el informe de EMBER muestra claramente es que, aunque los casos de España, Francia y Alemania son diferentes, la realidad ha sido que en todos ellos los precios de la electricidad en estos tres mercados han experimentado aumentos más que notables a causa de esta ola de calor.

En España, la situación de partida ya era compleja, ya que el sistema eléctrico, antes de la ola de calor, arrastraba cierta tensión debido a la caída que sufrió la red eléctrica en mayo, un episodio que puso de manifiesto debilidades estructurales. Esta situación previa se agravó con la ola de calor, que provocó un aumento de la demanda eléctrica de hasta un 14% entre el 24 de junio y el 1 de julio. Este incremento repentino de la demanda tuvo un impacto directo sobre los precios del mercado mayorista day-ahead, ya que el precio medio diario se situó en 93 €/MWh a finales de junio, con un incremento del 14% respecto al día anterior y con picos máximos de 159 €/MWh entre las 21:00 y las 23:00 horas del 26 de junio, coincidiendo con la noche más cálida de esta ola de calor en la Península Ibérica. A pesar de este fuerte aumento de la demanda, las reservas de agua disponibles para la generación hidráulica jugaron un papel clave para ayudar a contener la escalada de los precios, evitando que se dispararan hasta los niveles extremos que se registraron en otros mercados como Francia o Alemania. Sin este respaldo hidroeléctrico, el sistema habría estado aún más tensionado. La capacidad de generación se vio especialmente comprometida en las horas punta, cuando la demanda masiva de aire acondicionado coincidía con la desaparición de la generación fotovoltaica al anochecer, provocando un mantenimiento sostenido de precios altos durante todas las horas. Todo ello situó el precio del mercado eléctrico español claramente por encima de la media de los meses anteriores, cuando los valores habituales rondaban los 70 €/MWh. Estos datos ponen de relieve la vulnerabilidad del sistema eléctrico español ante situaciones meteorológicas extremas y evidencian la creciente dificultad para mantener el equilibrio entre oferta y demanda de energía en un contexto de calentamiento global que acentúa estos desequilibrios.

En cuanto a Francia, un país donde la energía nuclear es el pilar fundamental del sistema eléctrico, la situación ha sido igualmente crítica pero por motivos diferentes. Francia cuenta con uno de los parques nucleares más extensos de Europa, con centrales repartidas por todo el territorio que habitualmente cubren una parte muy importante de la demanda eléctrica nacional. No obstante, las altas temperaturas de esta ola de calor provocaron una vulnerabilidad inesperada: 17 de las 18 centrales nucleares francesas tuvieron que reducir su producción o detenerse parcialmente porque estas instalaciones dependen de grandes volúmenes de agua para refrigerarse. Con la temperatura de ríos como el Loira, el Garona o el Ródano elevándose muy por encima de los umbrales habituales, estas centrales no podían garantizar la refrigeración necesaria para operar con seguridad. Esta situación provocó una reducción de hasta un 15% de la capacidad nuclear disponible y llevó al mercado eléctrico francés a registrar precios cercanos a los 400 €/MWh en horas punta. El informe también señala que, en promedio, los precios se incrementaron más del doble (+108%) respecto a los días previos a la ola de calor, poniendo en evidencia la creciente importancia de los condicionantes ambientales en la viabilidad técnica de las tecnologías nucleares.

Finalmente, en Alemania, la situación fue aún más extrema. El país registró el mayor incremento en el precio de la electricidad entre los tres grandes mercados analizados. Según el informe EMBER, la demanda creció un 6% y, en paralelo, los precios se dispararon hasta un +175% respecto a los días anteriores. Los precios alcanzaron valores de más de 400 €/MWh en horas punta, con un máximo absoluto registrado de 476 €/MWh en algunos momentos críticos. A pesar de disponer de una gran capacidad instalada de energía solar, que llegó a cubrir hasta un 39% de la demanda durante las horas centrales, el sistema se encontró con una gran dificultad: la falta de capacidad flexible para cubrir las necesidades energéticas durante las horas sin sol, especialmente en las noches calurosas. Fue entonces cuando las centrales de gas asumieron el protagonismo como fuente principal para sostener la red. Pero estas centrales también sufrieron una pérdida de eficiencia debido a las altas temperaturas, de forma similar a las nucleares francesas, al no poder disipar correctamente el calor. Todo ello agravó aún más la escalada de precios y expuso la vulnerabilidad de un sistema altamente dependiente de la climatología y con poco margen de flexibilidad para absorber grandes picos de demanda.

Causas principales del aumento de los precios de la electricidad ante las olas de calor en los sistemas eléctricos europeos.

No existe una única razón que explique las recientes subidas del precio de la electricidad que han experimentado los diferentes mercados del sistema eléctrico europeo durante la última semana. Las causas son diversas, estrechamente interconectadas, y todas ellas comparten un denominador común: la incapacidad de los sistemas actuales para responder con suficiente rapidez y flexibilidad a los nuevos escenarios climáticos y energéticos que estamos viviendo.

Esta problemática derivada del aumento sostenido de las temperaturas, con la consiguiente disminución del rendimiento de las centrales nucleares y térmicas, se suma a otro reto estructural que los sistemas eléctricos europeos arrastran desde hace años: la falta de flexibilidad en la generación de electricidad, especialmente desde la introducción masiva de la energía solar fotovoltaica en el mix energético diario. Esta falta de flexibilidad se manifiesta en las grandes diferencias de precio entre las horas diurnas y las nocturnas. Durante las horas de sol, la generación fotovoltaica es abundante y económica, lo que contribuye a moderar los precios. Pero cuando el sol se pone, la producción solar desaparece por completo, mientras que la demanda puede mantenerse muy elevada, especialmente en escenarios de olas de calor como las que hemos vivido este verano. Este desajuste entre oferta y demanda es uno de los factores que más tensiona el sistema y que explica parte de las subidas de precio actuales.

En este contexto, hay dos factores clave que explican por qué la combinación de ola de calor y falta de flexibilidad ha sido la responsable directa del incremento de los precios de la electricidad en los últimos días:

En primer lugar, las altas temperaturas nocturnas provocan que la demanda de electricidad se mantenga elevada incluso durante la noche, un fenómeno cada vez más habitual debido a la proliferación de las denominadas noches tropicales, en las que la temperatura no baja de los 25 o 27 °C. Estas condiciones hacen que muchos hogares, comercios y empresas mantengan encendidos los sistemas de aire acondicionado o refrigeración durante toda la noche, lo que impide que la demanda eléctrica se reduzca como solía ocurrir en el pasado una vez pasadas las 22 horas.

Y, en segundo lugar, las altas temperaturas no solo incrementan la demanda, sino que también reducen la capacidad y la eficiencia de las principales fuentes de generación eléctrica alternativas. Tanto las centrales nucleares como las térmicas ven disminuida su eficiencia porque el aire o el agua utilizados para enfriar los sistemas de vapor están ya demasiado calientes para disipar el calor de manera efectiva. Esto significa que, justamente cuando se necesita más energía para satisfacer el incremento de demanda provocado por el calor, los sistemas son menos capaces de producirla o lo hacen con un rendimiento inferior.

Por todo ello, la combinación entre el incremento sostenido de la demanda nocturna derivada de las temperaturas elevadas y la disminución de la eficiencia de las tecnologías de generación acentúa claramente el aumento de los precios y pone de manifiesto la vulnerabilidad creciente de los sistemas eléctricos europeos ante un escenario de calentamiento global cada vez más intenso y difícil de gestionar con los modelos actuales. Esta tensión se agrava especialmente en los momentos más críticos del día, cuando el sol desaparece y la producción fotovoltaica cae en picado. Es en estos momentos, con una demanda aún elevada y una oferta limitada, cuando se producen las diferencias de precio más extremas y cuando las limitaciones físicas y estructurales del sistema eléctrico se hacen más evidentes.

Hoja de ruta de acciones a realizar para el futuro energético europeo para mitigar los efectos del calentamiento climático.

Por lo tanto, con todo lo expuesto hasta ahora en este artículo, puede verse que el problema actual generado por el aumento de las temperaturas en el sistema de generación de energía eléctrica es poliédrico y complejo de resolver. No obstante, como ocurre con cualquier desafío técnico, existen soluciones. Ahora bien, es fundamental tener presente que estas soluciones requieren tiempo para ser diseñadas, desplegadas y para que sus efectos se hagan visibles, así como inversiones económicas significativas y, sobre todo, voluntad social y política para llevarlas a cabo. Aquí no valen las medias tintas ni los aplazamientos: es necesario actuar con decisión.

Ante esta realidad, y para poder hacer frente a una situación cada vez más recurrente, marcada por el incremento sostenido de las temperaturas y agravada por los episodios más frecuentes de olas de calor en verano, el informe publicado por EMBER señala tres líneas de acción prioritarias que Europa debería adoptar con urgencia para fortalecer la seguridad, la flexibilidad y la resiliencia de los sistemas eléctricos.

Integración de sistemas de almacenamiento de energía dentro del modelo renovable:

La primera medida implica evolucionar el actual sistema eléctrico, que ya ha integrado las energías renovables como principal fuente de generación de electricidad durante las horas diurnas, y avanzar hacia la integración decidida de sistemas de almacenamiento de energía dentro de este nuevo modelo. Tanto las baterías eléctricas como las baterías gravitatorias, mediante centrales hidráulicas reversibles, serán herramientas clave para alcanzar este objetivo. Estos sistemas son esenciales para almacenar el excedente de energía solar producido durante las horas centrales del día y disponer de él por la tarde y noche, cuando la generación fotovoltaica cae, pero la demanda se mantiene elevada, especialmente en episodios de calor persistente que estiran la demanda hasta bien entrada la noche. Sin esta capacidad de almacenamiento, los sistemas eléctricos seguirán sufriendo desajustes entre oferta y demanda, con la consiguiente presión sobre los precios y el riesgo para la estabilidad de la red.

Cabe destacar, además, que en lo que respecta a las baterías eléctricas, diversos informes recientes apuntan a un escenario de cambio inminente gracias a la caída acelerada de sus costes. A lo largo de 2024, el precio de las baterías se redujo más de un 50% respecto a 2023, y solo en el primer trimestre de 2025, en China, se ha registrado una nueva bajada adicional del 30%. Con esta tendencia sostenida, todas las previsiones coinciden en que estamos cada vez más cerca de poder implementar instalaciones fotovoltaicas con almacenamiento capaces de cubrir las necesidades energéticas las 24 horas del día, con costes por kWh claramente inferiores a los de los sistemas de generación convencionales. Esta revolución tecnológica abrirá, en un plazo de 2 a 3 años, un nuevo escenario en el que las instalaciones de autoconsumo con almacenamiento, tanto en el ámbito empresarial como residencial, podrán llegar a cubrir prácticamente el 100% de las necesidades energéticas con precios mucho más competitivos y estables. Esto supone un cambio estructural del modelo eléctrico a corto y medio plazo, que acelerará la transición hacia un sistema descentralizado, renovable, más resiliente y con un coste de la energía sensiblemente inferior al modelo actual basado en generación centralizada y combustibles fósiles.

Refuerzo y ampliación de las interconexiones eléctricas europeas:

La segunda medida implica reforzar y ampliar de manera decidida las interconexiones eléctricas entre países, una acción fundamental para avanzar hacia un sistema energético europeo más seguro, resiliente y eficiente. Disponer de una red robusta y bien conectada permite compensar los desequilibrios de producción y consumo que se producen inevitablemente entre diferentes territorios. Esta capacidad de intercambio permite que el excedente energético de una región, especialmente en momentos de máxima generación renovable, pueda abastecer zonas con déficit, ya sea por falta de recursos naturales debido a razones meteorológicas o por incidencias en la capacidad de generación propia.

Esta capacidad de interconexión y apoyo mutuo se vuelve clave en situaciones de estrés energético puntual, como las que se producen durante las olas de calor, cuando la demanda de electricidad se incrementa de forma repentina y generalizada, o bien cuando determinadas tecnologías de generación, como las centrales nucleares o térmicas, se ven limitadas por factores ambientales, como la falta de agua fría para refrigeración o el sobrecalentamiento del aire ambiental. Sin interconexiones suficientes, estas situaciones como las vividas en la última ola de calor persistirán, y seguirán llevando a desajustes de precios, tensiones en la red y, en casos extremos, a cortes de suministro. En resumen, las interconexiones son esenciales para un sistema eléctrico europeo moderno y sostenible. Y sin una correcta interconexión de redes entre países, la transición energética y la lucha contra el cambio climático se verán gravemente limitadas.

Impulsar la flexibilidad de la demanda y la autoproducción distribuida:

La tercera medida detalla que todos los sistemas eléctricos europeos deberían centrarse en potenciar la flexibilidad de la demanda, un aspecto a menudo olvidado pero fundamental para garantizar la estabilidad de un sistema eléctrico altamente renovable. No se trata solo de transformar cómo generamos la energía, sino también de cómo y cuándo la consumimos.

Esta flexibilidad puede fomentarse, en primer lugar, mediante tarifas dinámicas, que incentiven a los consumidores a desplazar parte de sus consumos hacia las horas con mayor disponibilidad de energía renovable. Pero esta es solo una parte de la solución. A todo ello, debería añadirse la introducción progresiva y masiva de baterías de capacidades medias, de entre 10 kWh y 50 kWh, en el ámbito doméstico, que permitirían no solo maximizar el autoconsumo, sino también reducir el impacto de los picos de demanda sobre la red general.

Además, la generalización de sistemas de autoproducción energética y almacenamiento en industrias y empresas del sector servicios, como puertos deportivos y comerciales, aeropuertos, hoteles, campings, centros comerciales o campos de golf, podría dar lugar a la creación de hubs energéticos locales, que no solo mejorarían la resiliencia y flexibilidad del sistema, sino que también permitirían la generación de comunidades energéticas y reducir el coste energético medio del kWh de las empresas que formasen parte de ellas, mejorando en consecuencia su competitividad económica. Este modelo de producción distribuida con almacenamiento no solo aliviaría la presión sobre la red en momentos de máxima demanda, sino que contribuiría a acelerar la transición energética hacia un sistema más descentralizado, más eficiente y mejor preparado para afrontar los efectos de un escenario de cambio climático cada vez más exigente.

Conclusiones

Lo que realmente pone de manifiesto todo este escenario es que, si queremos evitar situaciones como las vividas durante la última ola de calor —con subidas en los precios de la electricidad y problemas en el funcionamiento de las centrales nucleares y térmicas debido a las altas temperaturas—, es imprescindible acelerar la transición energética hacia la descarbonización del sistema eléctrico. Esto solo será posible impulsando de manera decidida las fuentes renovables e implementando sistemas de almacenamiento de energía que garanticen la continuidad del suministro durante las horas sin radiación solar.

Avanzar en esta dirección permitirá reducir progresivamente la dependencia de las centrales de cogeneración, de ciclo combinado y nucleares, minimizando así las vulnerabilidades que estas tecnologías presentan en escenarios climáticos extremos. Con un sistema basado principalmente en energías renovables y almacenamiento, se podrían evitar en gran medida los problemas de aumento de precios y de pérdida de capacidad de generación que hemos descrito a lo largo de este artículo.

Es por razones como estas que la sociedad debe ser consciente de que la transición energética no consiste simplemente en sustituir unas tecnologías por otras, sino que implica un auténtico proceso de transformación estructural del sistema energético que debe impulsarse de manera colectiva. Este proceso debe permitir reducir los costes de producción energética, garantizar la seguridad y la estabilidad de la red, y adaptar la generación, el almacenamiento, la distribución y el consumo de energía a un escenario global profundamente marcado por el cambio climático.

Solo con esta visión amplia y con una acción decidida podremos garantizar que los sistemas eléctricos europeos sean capaces de resistir los crecientes impactos del calentamiento global, ofreciendo un suministro de energía estable, asequible y sostenible para el conjunto de la sociedad.

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